De la oscuridad a la esperanza:
cómo ha cambiado el tratamiento de las psicosis desde 1900 a la fecha.
Imagínese por un momento que estamos en el año 1920. Un joven de 20 años comienza a escuchar voces que nadie más oye y está convencido de que sus vecinos quieren hacerle daño. Su familia, angustiada, no sabe qué hacer. No existen medicamentos que puedan ayudarle. El destino más probable es que ingrese en un manicomio, donde pasará el resto de su vida entre rejas, en condiciones inhumanas, sin expectativas de mejoría. Sus posibilidades de volver a casa algún día son casi nulas.
Avancemos rápidamente hasta hoy. Otro joven, con los mismos síntomas, acude a una consulta de psiquiatría. Comienza un tratamiento con medicamentos antipsicóticos, recibe apoyo psicológico y su familia aprende cómo ayudarle. En pocas semanas, las voces desaparecen. Vuelve a estudiar, retoma su vida social y, con el tratamiento adecuado, puede mantenerse estable durante años. Su diagnóstico no define su futuro.
¿Qué ha pasado entre una escena y otra? ¿Cómo hemos pasado de la custodia pura a la recuperación? ¿De considerar la esquizofrenia un deterioro irreversible a entender que muchas personas pueden vivir bien con ella?
Este artículo es un viaje por ese cambio. Un recorrido por más de un siglo de historia de la psiquiatría, contado para entender de dónde venimos, cómo hemos llegado hasta aquí y, sobre todo, por qué hoy podemos afirmar con rotundidad que tener síntomas psicóticos o un diagnóstico de esquizofrenia no es, ni mucho menos, sinónimo de mala vida. Con el tratamiento adecuado, la recuperación es posible.
Los años oscuros: cuando no había tratamiento (1900-1930)
A principios del siglo XX, la psiquiatría era una especialidad médica con muy poco que ofrecer a sus pacientes. Existía una corriente llamada “nihilismo terapéutico” que, como su nombre indica, sostenía que poco o nada podía hacerse por las personas con enfermedades mentales graves .
Los manicomios, almacenes de personas
Los hospitales psiquiátricos de entonces —llamados manicomios o asilos— eran básicamente lugares de reclusión. Las personas ingresaban y, salvo excepciones, no salían. Las condiciones eran a menudo deplorables: hacinamiento, falta de higiene, escasa atención individualizada y, en muchos casos, sujeciones mecánicas para controlar a los más agitados .
Lo que podía ofrecerse era limitadísimo: baños, dietas, masajes, sangrías… y poco más. Existían algunos sedantes como el bromuro de potasio, el hidrato de cloral o los barbitúricos, pero su efecto era básicamente “sujetar” al paciente, no tratar la enfermedad en sí . Eran como poner una manta encima de un incendio: quizá ocultaban las llamas, pero no apagaban el fuego.
Las primeras ideas sobre la esquizofrenia
Precisamente en esta época, en 1911, un psiquiatra alemán llamado Eugen Bleuler acuñó el término “esquizofrenia”. La palabra viene del griego y significa “mente dividida” o “mente escindida”, refiriéndose a la desconexión entre distintas funciones psíquicas . Bleuler hablaba de “el grupo de las esquizofrenias”, en plural, porque ya intuía que no era una sola enfermedad sino varias.
El concepto fue importante porque empezó a separar lo que hasta entonces era un cajón de sastre llamado “locura”. Pero el diagnóstico, por sí solo, no trajo tratamientos. Los pacientes seguían en los asilos, sin expectativas.
La era de las terapias biológicas: mejor intención que acierto (1930-1950)
En la década de 1930, los psiquiatras, frustrados por su impotencia terapéutica, empezaron a probar tratamientos más agresivos. Fue la época de las llamadas “terapias biológicas” o “terapias de choque”. Hoy nos parecen brutales, pero en su momento representaron un intento desesperado de hacer algo, de no quedarse de brazos cruzados .
La malarioterapia: fiebre para curar
Todo empezó con un hallazgo curioso. Se observó que algunos enfermos mentales mejoraban tras sufrir enfermedades con fiebre alta. Un médico austriaco, Wagner von Jauregg, decidió inocular deliberadamente la malaria a pacientes con parálisis general (una forma de sífilis avanzada que afectaba al cerebro). La fiebre alta combatía la infección sifilítica y, cuando se controlaba la malaria con quinina, muchos pacientes mejoraban .
Fue un éxito tan notable que le valió el Premio Nobel en 1927. Pero era un tratamiento muy peligroso y específico para una sola enfermedad. No servía para la esquizofrenia.
El coma insulínico: dormir para despertar
En 1933, Manfred Sakel introdujo el coma insulínico. Consistía en inyectar dosis masivas de insulina para provocar una bajada drástica del azúcar en sangre, llevando al paciente al coma. Al despertar, horas después, algunos mostraban mejoría .
Durante años se aplicó a miles de esquizofrénicos. Nadie sabía realmente por qué funcionaba (cuando lo hacía). Se usó hasta la década de 1960, cuando los fármacos lo hicieron innecesario. Hoy sabemos que era un tratamiento arriesgado, con mortalidad no despreciable y eficacia dudosa.
El electroshock: la electricidad como terapia
En 1938, dos italianos, Cerletti y Bini, desarrollaron el electroshock (terapia electroconvulsiva). La idea surgió de una observación antigua: se creía que epilepsia y esquizofrenia no coincidían en la misma persona, así que provocar convulsiones podría “competir” con la psicosis .
Al principio se usaba sin anestesia ni relajantes musculares, con imágenes impactantes que el cine se encargó de fijar en el imaginario colectivo. Sin embargo, la terapia electroconvulsiva bien aplicada (hoy con anestesia total y control médico) sigue siendo útil para algunas formas de esquizofrenia, especialmente la catatonía. Es uno de esos tratamientos que, depurado y humanizado, ha sobrevivido por su eficacia real.
La psicocirugía: cortar para curar
El más controvertido de todos fue la lobotomía prefrontal. Antonio Egas Moniz, neurólogo portugués, desarrolló una técnica que consistía en lesionar las conexiones de la corteza prefrontal para “calmar” a los pacientes. En Estados Unidos, Walter Freeman la popularizó con métodos aún más expeditivos: introducía un instrumento parecido a un picahielos por encima del ojo, lo movía y… ya estaba .
Se hicieron decenas de miles de lobotomías en los años 40 y 50. Los resultados eran impredecibles: algunos se calmaban, sí, pero muchos quedaban convertidos en sombras de sí mismos, sin personalidad, sin iniciativa, sin vida emocional. Freeman hacía verdaderos espectáculos, operando en su despacho sin quirófano. Moniz recibió el Nobel en 1949, hoy un premio muy cuestionado.
Estos tratamientos nos parecen hoy barbaridades, pero representan algo importante: la voluntad de intervenir, de no abandonar a los pacientes a su suerte. El problema es que se actuaba sin conocimiento, a ciegas. Faltaba la pieza clave: entender la química del cerebro.
La revolución silenciosa: llegan los fármacos (1950-1970)
La década de 1950 cambió la psiquiatría para siempre. Fue la “década prodigiosa” de la psicofarmacología . Por primera vez, aparecieron fármacos que realmente trataban los síntomas psicóticos.
El descubrimiento accidental de la clorpromazina
Todo empezó con un cirujano francés, Henri Laborit. Buscaba algo para prevenir el “shock quirúrgico” (una caída brusca de tensión durante las operaciones) y probó un antihistamínico llamado prometazina. Vio que dejaba muy tranquilos a los pacientes. Pidió al laboratorio Rhône-Poulenc compuestos similares y le dieron uno que habían abandonado: la clorpromazina .
Laborit observó que producía una “quietud beatífica”, una indiferencia sin perder conciencia. Se lo contó a sus colegas psiquiatras. La mayoría no le hizo caso, pero dos, Pierre Deniker y Jean Delay, decidieron probarlo. Descubrieron que, con las dosis adecuadas, los pacientes psicóticos más agitados se calmaban espectacularmente .
En 1952 publicaron sus resultados. El impacto fue inmediato. Las salas de los hospitales psiquiátricos, antes lugares de gritos y violencia, se volvieron repentinamente silenciosas. Pacientes que llevaban años encadenados a sus camas podían ahora sentarse, hablar, relacionarse .
La clorpromazina (comercializada como Largactil) no curaba la esquizofrenia, pero controlaba los síntomas positivos: alucinaciones, delirios, agitación. Por primera vez, muchos pacientes podían salir del hospital y vivir fuera.
El litio: la sal que estabiliza
Casi al mismo tiempo, en Australia, John Cade probaba algo completamente distinto. Inyectaba litio a cobayas y observaba que se volvían letárgicos. Decidió probarlo en pacientes maníacos y funcionó .
El litio es una sal, algo tan simple que ninguna farmacéutica quiso invertir en investigarlo porque no se podía patentar. Pero un investigador danés, Morgen Schou, demostró su eficacia: prevenía las crisis maníacas y depresivas en el trastorno bipolar. El litio sigue siendo hoy el estándar de oro para esta enfermedad .
La reserpina y sus límites
También se usó la reserpina, extraída de una planta india llamada Rauwolfia. Calmaba a los pacientes y tenía efecto antipsicótico, pero provocaba tantas bajadas de tensión y efectos parkinsonianos que pronto se abandonó .
Los primeros antipsicóticos
Tras la clorpromazina, llegaron muchos otros. Paul Janssen, un químico belga, desarrolló el haloperidol en 1958, mucho más potente y con perfil diferente . Luego vinieron la flufenazina, el tiotixeno, la trifluoperazina y otros .
Estos fármacos se llamaron “neurolépticos” (del griego “que sujetan el nervio”) porque producían efectos neurológicos evidentes. Todos actuaban básicamente igual: bloqueaban los receptores de dopamina en el cerebro. Y todos compartían un problema: efectos secundarios muy molestos.
El precio del alivio: los efectos secundarios
Los primeros antipsicóticos eran eficaces, pero tenían efectos adversos significativos:
Síntomas parkinsonianos: rigidez, temblor, lentitud de movimientos, cara de máscara. Muchos pacientes parecían tener párkinson.
Acatisia: una inquietud insoportable, necesidad de moverse constantemente.
Distonías agudas: espasmos musculares, a veces en el cuello o la lengua, muy aparatosos.
Discinesia tardía: movimientos involuntarios, sobre todo en boca y lengua, que podían ser irreversibles. Aparecían tras años de tratamiento .
Estos efectos eran tan desagradables que muchos pacientes preferían dejar la medicación, aunque eso significara recaer. El cumplimiento del tratamiento se convirtió en el gran desafío.
Más allá de los fármacos: la desinstitucionalización
Con los nuevos medicamentos, los hospitales psiquiátricos empezaron a vaciarse. Fue el movimiento de la “desinstitucionalización”: si los pacientes podían estar estables fuera, no tenían por qué vivir recluidos. En muchos países, los grandes manicomios cerraron sus puertas.
Pero hubo un problema: se cerraron los hospitales, pero no siempre se crearon los recursos comunitarios necesarios. Muchos pacientes pasaron del manicomio a la calle, sin apoyo, sin vivienda, sin trabajo. De ahí que en los años 80 y 90 viéramos a muchas personas con enfermedad mental viviendo en situación de calle. No era culpa de los fármacos, sino de una desinstitucionalización mal planificada.
El giro hacia la calidad de vida: los atípicos (1970-2000)
Los psiquiatras sabían que los antipsicóticos funcionaban, pero también veían cómo sus pacientes sufrían con los efectos secundarios. Algunos dejaban el tratamiento. Otros lo seguían a regañadientes, con mala calidad de vida. Había que mejorar.
El descubrimiento de la clozapina
En 1959 se había sintetizado un fármaco diferente: la clozapina. Pero en los 70 se retiró temporalmente porque causaba agranulocitosis (una caída peligrosa de glóbulos blancos) en algunos pacientes. Parecía el fin de su historia .
Sin embargo, se observó algo crucial: los pacientes tratados con clozapina no tenían síntomas parkinsonianos. Y lo más importante: algunos que no mejoraban con nada, mejoraban con clozapina. Era el primer fármaco para la esquizofrenia resistente.
En 1990, la FDA estadounidense la aprobó con una condición: controles sanguíneos periódicos. Nació así el primer “antipsicótico atípico” . La clozapina sigue siendo hoy el fármaco de elección para la esquizofrenia resistente, aunque requiere vigilancia hematológica .
Llega la segunda generación
En los 90 aparecieron nuevos atípicos: risperidona (1994), olanzapina (1996), quetiapina, ziprasidona (2001), aripiprazol (2002) .
¿Qué tenían de especial? Varias cosas:
Menos efectos motores: Mucho menos riesgo de parkinsonismo y discinesia tardía.
Acción sobre síntomas negativos: Podían mejorar no solo las alucinaciones, sino también la apatía, el aislamiento, la falta de motivación.
Mecanismo diferente: Además de dopamina, actuaban sobre serotonina, lo que explicaba su perfil distinto .
Pero no todo eran ventajas. Los nuevos fármacos trajeron sus propios problemas:
Síndrome metabólico: Aumento de peso, diabetes, colesterol elevado, triglicéridos altos. La olanzapina y la clozapina son las que más engordan.
Mayor coste: Eran mucho más caros que los antiguos.
La adherencia como objetivo
Un avance importante fueron los antipsicóticos de depósito (de acción prolongada). En lugar de pastillas diarias, una inyección cada pocas semanas. La flufenazina decanoato fue la primera, en los 70. Después llegaron risperidona inyectable, paliperidona, y olanzapina.
Esto supuso un cambio radical para muchos pacientes. Sobre todo para aquellos con poca conciencia de enfermedad (pacientes que realmente creen estar perfectamente bien), que tendían a abandonar la medicación. Con el inyectable, se aseguraba el tratamiento durante semanas o meses.
El paradigma actual: mucho más que pastillas (2000-presente)
Hoy sabemos que tratar la esquizofrenia no es solo recetar un antipsicótico. Es mucho más complejo y, también, mucho más esperanzador. El objetivo ya no es solo “quitar síntomas”, sino que la persona pueda vivir la vida que quiere vivir.
Fármacos de tercera generación y nuevas formulaciones
En los últimos años han aparecido antipsicóticos con mecanismos aún más refinados, como la cariprazina, el brexpiprazol o el lumateperón. Algunos son “agonistas parciales de dopamina”: no bloquean totalmente el receptor, sino que lo modulan, ajustando la actividad dopaminérgica donde hay demasiada (vía mesolímbica) y aumentándola donde falta (vía mesocortical) .
El avance más espectacular quizá sean los inyectables de ultra larga duración. Hoy existen formulaciones de paliperidona que se administran cada seis meses. El paciente recibe dos inyecciones al año y mantiene niveles estables del fármaco .
Imagínese la diferencia: antes, tomar pastillas cada día. Luego, inyecciones mensuales. Ahora, dos pinchazos al año. Esto cambia por completo la experiencia del tratamiento y reduce drásticamente las recaídas por abandono.
Intervención temprana: la ventana de oportunidad
Sabemos que cuanto antes se intervenga, mejor pronóstico. Los programas de intervención en primeros episodios psicóticos han demostrado que tratar rápido y bien:
Reduce el número de recaídas y hospitalizaciones
Mejora la funcionalidad a largo plazo
Preserva la capacidad cognitiva
La idea es clara: proteger el cerebro. Cada brote psicótico puede causar daño. Si actuamos rápido, minimizamos ese daño.
Tratamientos psicológicos: aprender a convivir
Los fármacos son necesarios, pero no suficientes. Hoy contamos con terapias específicas:
Terapia cognitivo-conductual: Ayuda a manejar las voces o los delirios que persisten a pesar de la medicación, a cuestionarlos, a convivir con ellos.
Terapia de aceptación y compromiso: Enseña a aceptar los síntomas sin que dominen la vida.
Entrenamiento en habilidades sociales: Recuperar la capacidad de relacionarse.
Rehabilitación cognitiva: Ejercicios para mejorar atención, memoria, funciones ejecutivas .
Psicoeducación familiar: Las familias aprenden a entender la enfermedad, a comunicarse mejor, a detectar signos de recaída.
Tecnología al servicio del paciente
Vivimos en la era digital, y la psiquiatría también se beneficia:
Apps móviles que recuerdan la medicación, monitorizan el estado de ánimo, detectan patrones de insomnio o estrés.
Inteligencia artificial que analiza el lenguaje o la voz para anticipar recaídas.
Telepsiquiatría que permite consultas a distancia, fundamental para quienes viven en zonas rurales o tienen dificultades para desplazarse.
Recuperación: la palabra clave
El concepto actual es «recuperación” (o períodos de remisión), pero no en el sentido de curación total (que también puede ocurrir en algunos casos), sino en el sentido de “recuperar la vida”. Una persona puede tener esquizofrenia y:
Tener un trabajo
Mantener relaciones afectivas
Vivir de forma independiente
Disfrutar de su tiempo libre
Tener proyectos e ilusiones
La recuperación no significa estar libre de síntomas, sino que los síntomas no impidan vivir .
Abordaje multidisciplinar y comunitario
Hoy el tratamiento no lo hace un psiquiatra solo. Intervienen:
Psicólogos clínicos
Enfermeras especialistas en salud mental
Terapeutas ocupacionales
Trabajadores sociales
Educadores sociales
Monitores de rehabilitación laboral
Asociaciones de familiares y pacientes
Y el lugar del tratamiento no es solo la consulta. Es la comunidad: centros de día, equipos de apoyo comunitario, programas de empleo con apoyo, pisos supervisados, clubes sociales .
Rompiendo mitos: la esquizofrenia hoy
Quizá lo más importante que ha cambiado en estos 120 años es nuestra mirada. Los mitos sobre la esquizofrenia se caen uno tras otro:
Mito 1: Son peligrosos y violentos
Falso. Las personas con esquizofrenia no son más violentas que la población general. De hecho, son más frecuentemente víctimas que agresores. La violencia, cuando ocurre, suele relacionarse con consumo de sustancias o abandono del tratamiento .
Mito 2: No pueden trabajar ni vivir solos
Muchos sí pueden. Con el tratamiento adecuado y los apoyos necesarios, las personas con esquizofrenia trabajan, estudian, viven de forma independiente. Depende de cada caso, pero el potencial es mucho mayor de lo que se creía .
Mito 3: Es una enfermedad degenerativa sin remedio
No es exacto. La esquizofrenia tiene un curso variable. Con tratamiento precoz y continuado, muchas personas se estabilizan y no empeoran. El deterioro no es inevitable .
Mito 4: Los medicamentos son peores que la enfermedad
Los efectos secundarios existen y hay que manejarlos, pero los fármacos actuales son mucho más seguros que los de antes. Y no tomarlos tiene un riesgo mayor: recaídas, hospitalizaciones, pérdida de funcionalidad. La clave es buscar el fármaco adecuado para cada persona .
Mito 5: No hay esperanza
Este es el mito más dañino. Hoy la esperanza no es una palabra bonita, es una realidad. Los estudios de evolución a largo plazo muestran que un porcentaje significativo de personas con esquizofrenia mejoran sustancialmente con el tiempo . Y los tratamientos actuales ofrecen oportunidades impensables hace décadas.
El futuro que ya está aquí
¿Hacia dónde vamos? Algunas líneas prometedoras:
Medicina de precisión: Igual que en oncología se estudia el tumor para elegir el tratamiento, en psiquiatría se buscan biomarcadores que predigan qué fármaco funcionará mejor en cada persona .
Nuevos mecanismos de acción: Fármacos que actúan sobre receptores diferentes a la dopamina, con la esperanza de tratar síntomas que los actuales no cubren bien.
Estimulación cerebral no invasiva: Técnicas como la estimulación magnética transcraneal o la estimulación transcraneal por corriente directa, que modulan la actividad de áreas cerebrales concretas .
Mayor implicación de pacientes y familias: La toma de decisiones compartida, el apoyo entre iguales, las asociaciones de pacientes cada vez más protagonistas.
Conclusión: Un mensaje de esperanza fundada
Hemos recorrido un largo camino. Desde los manicomios del 1900, donde los pacientes eran simplemente recluidos y olvidados. Pasando por las terapias biológicas de los años 30, con su mezcla de audacia y desesperación. Llegando a la revolución farmacológica de los 50, que por primera vez dio una herramienta eficaz. Atravesando la época de los atípicos, que mejoraron la tolerancia. Hasta el presente, donde entendemos que el tratamiento es mucho más que pastillas.
Hoy podemos decir con datos en la mano que muchas personas con esquizofrenia viven bien. No todas, desde luego. Hay casos más resistentes, más complejos. Pero incluso para ellos hay opciones: clozapina, rehabilitación intensiva, apoyos continuados. La recuperación no es una excepción, es un objetivo alcanzable para muchos.
La psiquiatra Marina Díaz Marsá lo expresaba perfectamente: “La esquizofrenia es una enfermedad con un pasado oscuro, pero con un futuro prometedor” . Y la directora de una asociación de pacientes añadía: “Hay que quitar la connotación derrotista y considerarla una enfermedad que tiene un abordaje integral que permite a las personas poder continuar con su proyecto de vida” .
Si algo debemos recordar de este viaje de 120 años es que el pronóstico no está escrito en piedra. Depende de los tratamientos, sí, pero también de la sociedad que acoge, de las familias que apoyan, de los profesionales que creen en la recuperación y de los propios pacientes, que demuestran cada día que se puede vivir una vida plena con un diagnóstico de esquizofrenia o de cualquier otra psicosis.
La historia de la psiquiatría es la historia de cómo hemos ido aprendiendo a ver a la persona detrás de los síntomas. Y ese aprendizaje, afortunadamente, no ha hecho más que empezar.
Si usted o un familiar convive con un diagnóstico de esquizofrenia, sepa que los recursos actuales son muy superiores a los de hace apenas unas décadas. Busque información actualizada, acérquese a las asociaciones de pacientes y familias, y no pierda la esperanza: el tratamiento adecuado puede marcar una diferencia radical en la calidad de vida.
Referencias
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Avances en el tratamiento de la esquizofrenia: nuevas estrategias para un mejor manejo. Revista Galenus. 2025
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